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Populismo sin populistas: cómo la comunicación alimenta la inestabilidad política

El populismo no depende únicamente de quienes lo explotan. Los sistemas de comunicación favorecen mecanismos que amplifican la polarización, la desconfianza y la inestabilidad política.

Puede que el populismo no necesite ser fabricado. Un sistema de comunicación saturado ya favorece la simplificación, el antagonismo y la repetición, mientras quienes están en mejores condiciones de transformarlo se benefician de la inestabilidad resultante.

¿Y si el propio sistema de comunicación produjera los fenómenos políticos que seguimos atribuyendo a determinadas personas?

Puede que el populismo no necesite a un populista para surgir. Sin duda existen políticos, organizaciones mediáticas, intereses comerciales y Estados dispuestos a manipular a la población, y algunos se han vuelto extraordinariamente hábiles en ello. Pero concentrarse en estos actores oculta un problema más amplio y preocupante. El entorno contemporáneo de comunicación ya favorece las condiciones en las que surge el populismo. El manipulador llega y descubre que gran parte del trabajo ya se está haciendo sin su intervención.

El problema comienza con una cuestión de escala. Vivimos en un entorno de comunicación que produce mucha más información de la que cualquier persona puede asimilar. Algo tiene que seleccionar aquello que recibe atención. Los sistemas digitales intensifican este proceso porque las reacciones a una primera selección se convierten en la información utilizada para realizar la siguiente. Lo que atrae la atención se mide. Lo que se mide se amplifica. Lo que se amplifica se vuelve más visible, y la propia visibilidad empieza a confundirse con la importancia. El sistema aprende continuamente de sus propios efectos.

Esto produce un sesgo que nadie necesita haber concebido deliberadamente. Las explicaciones complejas resultan costosas. Requieren tiempo, contexto y cierta tolerancia a la incertidumbre. Las distinciones sencillas circulan con mayor facilidad. Amenaza, traición, indignación, identidad, enemigos y promesas de restauración condensan situaciones complejas en señales inmediatamente reconocibles. En una competencia feroz por la atención, estas señales tienen ventaja. No se seleccionan necesariamente porque sean verdaderas, ni siquiera porque alguien desee que prevalezcan.

Se seleccionan porque se reproducen con mayor eficacia mediante los mecanismos disponibles.

El populismo encaja extraordinariamente bien en este entorno. Reduce una enorme complejidad social a unas pocas distinciones poderosas: el pueblo y las élites, los de dentro y los de fuera, la autenticidad y la corrupción, el declive y la restauración. Las personas ni siquiera necesitan ponerse de acuerdo sobre qué ha salido mal.

La inseguridad económica, la vivienda, la migración, el cambio cultural, la desconfianza institucional y las frustraciones personales pueden seguir siendo experiencias muy diferentes y, aun así, sincronizarse en torno a las mismas distinciones políticas. El sistema de comunicación no exige coherencia ideológica. Exige recurrencia.

Esto transforma el problema de la manipulación. Si manipular a millones de personas exigiera crear estas condiciones desde cero, sería una empresa extraordinaria. Pero no es necesario. El entorno de comunicación ya selecciona información a favor de señales emocionalmente poderosas, repetitivas y divisivas. La manipulación se vuelve así mucho más sencilla. Un actor político hábil identifica las dinámicas existentes, les proporciona un lenguaje y ofrece puntos de referencia en torno a los cuales pueden organizarse.

El río ya está fluyendo. La habilidad política consiste cada vez más en reconocer sus corrientes.

La oposición tampoco interrumpe necesariamente este proceso. La indignación, la burla, las rectificaciones y las denuncias pueden aumentar la recurrencia. Partidarios y adversarios se organizan en torno a los mismos puntos de referencia, otorgándoles así mayor peso comunicativo. Al mecanismo le importa poco que la atención sea favorable u hostil. Lo que importa es que algo siga provocando reacciones. La oposición puede convertirse en uno de los mecanismos mediante los cuales se reproduce precisamente aquello que pretende combatir.

Esto no significa que todas las sociedades respondan de la misma manera. Las instituciones políticas, los sistemas electorales, las tradiciones cívicas, la educación, el periodismo y la regulación ofrecen distintas maneras de absorber, ralentizar y redirigir las presiones comunicativas. Algunas sociedades gestionan estas dinámicas mejor que otras. Pero los sistemas políticos nacionales ya no existen en entornos de comunicación separados.

Los agravios, la desconfianza, las identidades, los temores y las simplificaciones políticas circulan por todo el mundo, incluso cuando los asuntos concretos a los que se vinculan siguen siendo locales. Australia no es más inmune a estas dinámicas que cualquier otro país simplemente porque sus instituciones funcionen de otra manera.

Lo inquietante es que gran parte de este proceso es automático. Automático no significa inofensivo ni imposible de modificar. Significa que el comportamiento colectivo no requiere una intención colectiva. Las plataformas optimizan sus propias operaciones. Los medios buscan audiencias. Los políticos buscan votos. Los anunciantes buscan reacciones. Los ciudadanos seleccionan aquello que consideran importante. Los algoritmos aprenden de esas selecciones. Cada participante se adapta a un entorno creado en parte por las adaptaciones de todos los demás.

Surge una dirección sin que nadie dirija el conjunto.

Esto importa porque, de lo contrario, seguimos buscando a alguien que maneje secretamente la maquinaria. Sin duda existen personas y organizaciones que intentan dirigirla, explotarla y beneficiarse de ella. Existen campañas de influencia organizadas, operaciones de propaganda y estrategias políticas deliberadas. Pero todas forman parte de un proceso más amplio, cuyas tendencias preexistentes facilitan considerablemente su trabajo. Quien descubre una corriente poderosa puede aprovecharla para orientar su trayectoria sin haber creado esa corriente.

La existencia de manipulación no demuestra la existencia de control. Demuestra hasta qué punto el sistema se presta a la manipulación.

La intervención debe producirse mucho antes en la cadena causal. Esperar a que un populista obtenga éxito electoral para después discutir sobre su persona equivale a tratar el resultado visible en lugar de las dinámicas que lo producen. Las cuestiones más importantes tienen que ver con la amplificación, la recurrencia, la atención, la compresión de la complejidad y la transformación de la visibilidad comunicativa en importancia política.

En definitiva, se trata de transformar el propio sistema de comunicación: modificar las condiciones en las que la inestabilidad, el antagonismo y la captación compulsiva de la atención reciben recompensas continuamente.

Aquí es donde el problema se cierra sobre sí mismo. Las organizaciones que disponen de mayor capacidad para transformar estos mecanismos figuran también entre las que obtienen un enorme valor comercial de su funcionamiento actual. La inestabilidad es productiva. El conflicto genera atención; la atención genera datos; los datos mejoran la segmentación; la segmentación genera ingresos. Un entorno de comunicación más tranquilo no es necesariamente un entorno comercialmente más rentable.

Los comportamientos que desestabilizan la vida política colectiva están estrechamente relacionados con aquellos que hacen rentable el sistema.

Por tanto, intentamos gobernar un entorno de comunicación cuyos participantes más poderosos pueden beneficiarse precisamente de la inestabilidad que necesitamos reducir. Los gobiernos pueden regular algunos de sus aspectos, las empresas pueden modificar determinados mecanismos y los ciudadanos pueden cambiar ciertos comportamientos. Pero toda intervención se produce dentro del sistema que se pretende cuestionar. Incluso las reformas pueden convertirse en nuevos objetos de indignación, atención y circulación comercial.

La dificultad no consiste simplemente en que desconozcamos cómo transformar el sistema. Existen intereses poderosos con razones considerables para preservar las dinámicas de las que extraen su valor económico.

La conclusión más inquietante no es que alguien haya tomado el control de la comunicación de masas. Es que nadie la controla en su conjunto, mientras algunos participantes obtienen beneficios extraordinarios de sus turbulencias. Los gobiernos influyen en ella. Las empresas la diseñan y monetizan. Los movimientos políticos la explotan. Los ciudadanos la reproducen continuamente. Sin embargo, el comportamiento del conjunto supera las intenciones de cada participante. El populismo es una de las formas recurrentes que puede producir un sistema de comunicación saturado.

Derrotar al populista de turno deja prácticamente intacto el problema fundamental. Debemos transformar los mecanismos que hacen del populismo una forma política tan eficaz, mientras esos mismos mecanismos funcionan extraordinariamente bien para algunos de quienes tienen mayor poder para cambiarlos.

Ideas clave

  • El populismo puede surgir de las dinámicas de comunicación sin necesidad de una manipulación centralizada.
  • Los sistemas digitales amplifican los mensajes sencillos, repetitivos y emocionalmente poderosos.
  • La oposición y la denuncia también pueden contribuir a reproducir los fenómenos que intentan combatir.
  • Los comportamientos colectivos surgen de las interacciones entre participantes, sin que nadie dirija el conjunto.
  • Los intereses comerciales vinculados a la atención pueden perpetuar la inestabilidad política.
  • Reducir el populismo exige transformar las condiciones de comunicación que favorecen su reproducción, no limitarse a combatir a sus representantes.